Hace 40 años un grupo de jóvenes idealistas estaba a punto de pasar a la historia. Mayo, año 1968, Paris era el lugar para reivindicar que algo olía mal y así se lo hacían saber al mundo desde el estado que hoy preside un indeseable de nombre Nicolas Sarkozy.La lucha por un ideal se defendía con barricadas, con determinación y con unos argumentos que soportaban cualquier ataque por parte del poder.
Hemos involucionado, no solo en políticas sociales, sino también en lo que a idealismo y lucha social respecta. Esa juventud pujante, comprometida y combativa peina hoy canas, mientras sus descendientes están más preocupados en que les aprueben una hipoteca a 50 años, que en hacer algo por este mundo enfermo.
Ya no quedan ideas, vivimos la era más extrema del neoliberalismo que todo lo inunda, ya solo quedan cenizas de ese idealismo y fuerza que daba a los jóvenes un valor añadido.
Hoy siento nostalgia de un tiempo que no viví, de un tiempo en el que se creía en que algo podía cambiarse. Siento nostalgia de ese romanticismo que inundó París y permitió soñar unas horas con que se había vencido a la bestia.
La bestia ha arrasado con todo, los jóvenes no tienen, ni quieren tener, románticas ideas utópicas. Soñar ya no tiene sentido, solo queda seguir la corriente, rezarle a San Euribor y pasar sin pena ni gloria por esto que algunos tienen la desfachatez de llamar vida.




