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martes, 11 de septiembre de 2007

Aceituneros

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién
amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.

¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.

Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.

Miguel Hernández Gilabert

viernes, 15 de junio de 2007

Doce principios del Budismo

Supongo que a estas alturas, todo aquel que sigue este blog se ha dado cuenta lo que opino en general de las religiones. Pero en este caso me gustaría aclarar que si bien no me gusta identificarme con doctrinas de ningún tipo, el tema del budismo hace tiempo que lo veo con bastante interes.

De todas las doctrinas que he conocido es, sin duda alguna, la única que parte de la base de que la persona piense, cuando todas las demas lo que buscan es eliminar el propio razonamiento del ser humano. Así esta el ser humano.

Es todo por mi parte el día de hoy, os dejo debajo los 12 principios del budismo:

1. La propia salvación es la tarea inmediata de todo hombre. Si un hombre es herido por una flecha envenenada, no deberá demorar su extracción por conocer los detalles de quien la disparó o la longitud y forma de la flecha. Siempre habrá tiempo para aumentar la comprensión de la Enseñanza durante la andadura del Camino. Mientras tanto, empieza por enfrentarse a la vida, tal como es, aprendiendo siempre por experiencia personal y directa.

2. El primer hecho de la existencia es la ley del cambio o la impermanencia. Todo lo que existe, desde una molécula a una montaña o desde un pensamiento a un imperio, pasa por el mismo ciclo de la existencia: nace, crece, decae muere. Tan sólo la Vida es continua, en busca siempre de la expresión de nuevas formas. "La vida es un puente, no construyas una casa sobre ella". La vida es un proceso de flujo y aquel que se aferra a las formas, por maravillosas que sean, sufrirá por resistir a la corriente.

3. La ley del cambio se aplica de igual modo al "alma". No hay principio en el individuo que sea inmortal y sin cambio. Sólo el Innombrable, la Realidad Ultima está más allá del cambio. Todas las formas de vida, incluyendo al hombre, son manifestaciones de esa Realidad. Nadie posee la vida que fluye en él en mayor grado que una bombilla posee la corriente eléctrica que la hace dar luz.

4. El universo es la expresión de la Ley. Todos los afectos tienen sus causas y el alma humana, o carácter, es la suma total de los actos y pensamientos previos. El karma, que significa acción-reacción, gobierna toda la existencia el hombre es el único creador de su destino final. Por el pensamiento y la acción justos puede purificar gradualmente su naturaleza interna y por propia realización obtener la liberación de volver a nacer. El proceso comprende grandes períodos de tiempo, incluso una vida tras otra en la tierra, pero al final cada forma de vida alcanzará la iluminación.

5. La vida es una e indivisible; aunque sus formas, siempre en cambio, sean innumerables y perecederas. En realidad no hay muerte, aunque cada forma deba morir. Del entendimiento de la unidad de la vida nace la compasión, el sentido de identidad con la vida en otras formas. La compasión se describe como "la Ley de las leyes -la armonía eterna-", y aquél que rompa esta armonía, sufrirá en consecuencia y retrasará su propia Iluminación.

6. Siendo la vida Una, los intereses de las partes deben ser los de la totalidad. En su ignorancia, el hombre piensa que puede lograr el éxito para sus propios intereses esta energía egoísta, y erróneamente dirigida, produce sufrimiento. Aprende de su sufrimiento a reducir y finalmente a eliminar la causa. El Buda enseñó las Cuatro Nobles Verdades: la omnipresencia del sufrimiento; su causa, el deseo erróneamente dirigido; la supresión de la causa que es su curación y el Noble Óctuple Sendero del autodesarrollo que conduce al fin del sufrimiento.

7. El Óctuple sendero que conduce a la total iluminación comprende: recta visión o comprensión preliminar, recto propósito, recto modo de expresión, recta acción, recto medios de vida, recto esfuerzo, recta atención o desarrollo de la mente y, finalmente recta concentración. Como el Budismo es un camino de vida no simplemente una teoría, es esencial para la propia liberación el recorrer este Sendero. "Deja de hacer el mal, aprende a hacer el bien, límpiate tu propio corazón, ésta es la Enseñanza de los Budas".

8. La Realidad es indescriptible y un Dios con atributos no es la Realidad final. Pero el Buda, un ser humano, se convirtió en el Totalmente Iluminado y el propósito de la vida es alcanzar la Iluminación. Este estado de Conciencia, el Nirvana, la extinción de los límites de la individualidad, se puede lograr en la tierra. Todos los hombres y todas las formas de vida contienen la potencialidad de iluminación y el proceso consiste en llegar a ser lo que eres. "Mira dentro de ti. tú eres Buda".

9. Entre la Iluminación potencial y la real está el Camino Medio, el Óctuple Sendero "del deseo a la paz", el proceso de autodesarrollo entre los "opuestos", evitando los extremos. El Buda recorrió ese Camino hasta el final la fe requerida en el Budismo es solamente la creencia razonable de que donde un Guía ha pisado nosotros también lo podemos hacer. El Camino debe ser recorrido por el hombre entero, con todo su ser y no sólo con lo mejor de sí mismo, y el corazón y la mente deben desarrollarse por igual. El Buda fue el Todo compasivo además del Totalmente Iluminado.

10. El Budismo atribuye gran importancia a la necesidad de la concentración y la meditación, que conducen al desarrollo de las facultades espirituales internas. La vida subjetiva es tan importante como la rutina diaria y son esenciales períodos de quietud dedicados a la actividad interior para una vida equilibrada. Los budistas deberán estar en todo momento atentos y con autodominio, absteniéndose de apego emocional o mental al "espectáculo transitorio". Esta actitud de aumento de atención a las circunstancias, que sabe son de su propia creación, le ayuda a mantener siempre bajo control su reacción ante ellas.

11. El Buda dijo: "Trabaja con diligencia por tu propia salvación". El Budismo no reconoce sino a la intuición como autoridad para la verdad y que lo es solamente para uno mismo. Cada hombre sufre las consecuencias de sus propios actos y aprende de ello, mientras ayuda a sus semejantes en la liberación; rezar a Buda o a un Dios no sirve de nada para evitar el efecto que sigue a su causa. Los monjes Budistas son maestros o ejemplos, pero en ningún sentido intermediarios entre la Realidad y el individuo. La máxima tolerancia se practica hacia todas las otras religiones y filosofías, ningún hombre tiene derecho a interferir en el camino de los otros hacia la Meta.

12. El Budismo no es pesimista ni "escapista", ni niega la existencia de Dios o el alma, aunque coloca su propio significado para esos términos. Al contrario, es un sistema de pensamiento, una religión, una ciencia espiritual y un camino de vida; que es razonable, práctico y lo abarca todo. Por más de dos mil años ha satisfecho las necesidades espirituales de cerca de un tercio de la humanidad. Interesa a Occidente, porque no tiene dogmas, satisface tanto a la razón como al corazón, insiste en la autoconfianza junto con la tolerancia para con otros puntos de vista, comprende la ciencia, religión, filosofía, psicología, ética y arte, y señala solamente al hombre como creador de la vida presente y único artífice de su destino.

lunes, 7 de mayo de 2007

Esclavizados por las zarandajas

JAVIER MARÍAS – El PAIS SEMANAL 12/11/2006

Me he enterado con desolación, de hecho, de que las actuales comuniones son uno de los platos fuertes de la temporada y que se organizan como “minibodas”, es decir, por todo lo alto, con profusión de convidados y no nimios regalos, hasta el punto de que muchos padres solicitan créditos a los bancos para tales festines, endeudándose durante meses si es preciso, con tal de no quedar por debajo de sus amistades, parientes o colegas, independientemente de la clase social a que pertenezcan y del poder adquisitivo de que dispongan. Y si esto ocurre con una chuminada como las primeras comuniones, qué no se dará con las bodas, bautizos, aniversarios varios y hasta funerales. A la pesadilla hay que añadirle el mimetismo y la envidia, y por lo visto no es raro que en los hogares españoles se pronuncien frases como la siguiente: “Oye, si los Madróñez celebraron a lo grande sus cinco años de matrimonio, no podemos quedarnos atrás cuando los cumplamos, habrá que dar por lo menos una mariscada”. Poco importa que no haya tradición de celebrar esa cifra, o si acaso sólo entre los cónyuges. Basta con que los malditos y ostentosos Madróñez hayan tenido la ocurrencia para que detrás les vayan un montón de parejas y no acabemos. De tal manera, me cuentan, que los motivos de reunión y gasto se van multiplicando, y la gente va de una fiesta a otra con la lengua fuera, la tarjeta en números rojos, la libreta cada vez más grande para anotarlo todo y el capítulo de ofensas en permanente aumento, porque siempre habrá conocidos o compañeros que deberán “sacrificarnos” y no incluirnos en sus listas, no cabemos tantos en algunos locales.

Pero no son sólo estas cosas de matrimonios. Algunas amigas jóvenes, todavía con hijos pequeños, me confiesan que viven esclavizadas por los cumpleaños infantiles y que no hay viernes o sábado en que no les caiga uno encima. No sé, cuando yo era niño, el día en que cumplía años uno llevaba caramelos para repartir en clase y luego, tal vez, invitaba a su casa o al cine a tres o cuatro verdaderos amigos. Ahora la costumbre es convidar a la clase entera, y no a merendar o a una película, sino a festicholas con payasos contratados, o magos, o abominables mimos, esto es, con alguna atracción de carne y hueso (si es que los mimos tienen hueso). Asimismo está estipulado que los niños invitados, que antes regalaban al agasajado, reciban a su vez de los padres de éste alguna chuchería, “para no hacer discriminaciones y que todos se lleven su obsequio” (qué mundo ñoño). Y como la clase en pleno es invitada e invita, lo lógico es eso, que no haya fin de semana sin movilización de todo quisque por el cumpleaños de alguien. Si se añaden al panorama las habituales cenas entre matrimonios y similares, y la obligación de corresponder con otra equiparable a cada pareja de anfitriones; y la Nochebuena, los Reyes, el importado Halloween cretinoide, la Pascua y San Juan Crisóstomo, los fines de carrera, las cursilísimas peticiones de mano y las soeces despedidas de soltero o soltera, no hay vez en la que al oír hablar de estos compromisos esclavizadores e interminables a mis conocidos –fuente de rabietas, apuros, agravios, gastos, angustias y endeudamientos–, no me felicite de permanecer soltero y sin vástagos y bastante libre de ese círculo vicioso de mayúsculas horteradas y zarandajas sin cuento.

lunes, 23 de abril de 2007

El ombligo de Sevilla

ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal | 17 de abril de 2005

María José, la telefonista del hotel Colón, me va a echar una bronca, como suele, en plan: esta vez se ha pasado varios pueblos, don Arturo, de Dos Hermanas a Lebrija, o más lejos, a ver quién le manda a usted meterse con la Sevilla de mi alma. Pero uno debe ser consecuente; y la semana pasada, al socaire de Matanza cofrade y la parafernalia blasfemo-judicial que arrastra cual bata de cola, se me calentó la tecla y prometí hablar hoy de cultura sevillana. De manera que cumplo, arriesgándome a que me quiten los premios que en esa ciudad me dieron por la cara, a que el director de ABC –allí y en Madrid El Semanal sale con ese diario– se acuerde de mis muertos, a que los amigos dejen de mandarme aceite, y a que Enrique Becerra diga que el cordero con miel o la carrillada de ibérico me los va a poner la madre que me parió. Pero uno tiene derecho a hablar de lo que ama. Y el caso, como dije que diría, es que con la palabra cultura ocurre algo extraño. Cuando la pronuncian, cinco de cada diez sevillanos piensan en la Semana Santa o la Feria de Abril. A lo más que llegan algunos es al barroco de las iglesias. Mi compadre Juan Eslava cuenta lo del turista que va en carruaje por la Alameda, y cuando pasa ante una estatua y pregunta si se trata de un pintor, un escritor, un músico o un poeta, el orgulloso cochero responde: «Qué va, hombre. Es Manolo Caracol».

Pese a los esfuerzos, casi suicidas, de heroicos paladines locales por romper la burbuja en que esa ciudad vive ensimismada, el grueso de los esfuerzos culturales sevillanos pasa por el embudo de las cofradías locales, estructura social en torno a la que se ordena la vida pública. El resto es secundario, no interesa. Los museos languidecen, las exposiciones llegan con cuentagotas –y sólo si está Sevilla de por medio–, las librerías cierran, las bibliotecas no existen o se ignoran. Si se tratara de una ciudad donde imperase la modestia, uno creería que ésta se avergüenza de cuanto la hizo hermosa e inmortal. Pero no es modestia sino egoísmo autocomplaciente, indiferencia a cuanto no sea arreglarse el Jueves Santo para salir con la medalla de la cofradía al cuello, a pintarla en la Feria, a tomarse una manzanilla en Las Teresas o en Casa Román, mirando alrededor mientras se piensa, o se dice, que Sevilla es lo más grande del mundo, y qué desgracia la de quienes no nacieron sevillanos.

Siempre que viajo allí me pregunto lo que podría ser esa ciudad si dejara de mirarse en su espejo autista y se abriera al mundo con la cultura como reclamo y bandera. Hablo de la cultura de verdad, no de la caduca soplapollez de diseño que pretenden vendernos políticos y mangantes en busca de la foto y el telediario del día siguiente, o del folklore demagógico y sentimental con el que quienes manejan el cotarro pretenden –y lo consiguen desde hace siglos– llevarse al huerto a la ciudadanía. Hablo de la Sevilla que va más allá de los retablos barrocos en misa de doce, de los bares de tapas, de los pasos de Semana Santa, de la Feria de Abril y los carnets del Betis o del otro, de los apresurados rebaños de chusma guiri que el sevillano necesita tanto como desprecia. ¿Imaginan ustedes parte de la pasta invertida en cofradías y casetas de feria, empleada en hacer de esa ciudad un verdadero polo de atracción, no sólo del turismo, sino de la cultura internacional? ¿Calculan lo que supondría aprovechar el clima, el fascinante escenario, la abrumadora riqueza de palacios, atarazanas, lonjas e iglesias, para proyectar la ciudad hacia el exterior, celebrar conciertos de renombre internacional, organizar ferias y exposiciones que atrajeran a artistas, críticos y público culto de todo el mundo? ¿Imaginan una gestión cosmopolita, lúcida y eficaz, de tanto arte, arquitectura y belleza, con la extraordinaria marca registrada de Sevilla como argumento? Es desolador que una ciudad así no se haya convertido –la ocasión perdida de la Expo se esfumó con los mediocres y los catetos que la gestionaron– en sede anual, bianual, quinquenal o lo que sea, de acontecimientos culturales que pongan su nombre, a la manera de Venecia, Salzburgo, París o Florencia, en la vanguardia de la cultura internacional. En lugar de eso, Sevilla sigue resignada a ser una pequeña ciudad onanista y a veces analfabeta, que no llora por las cenizas perdidas de Murillo, pero sí cuando pasa la Virgen; y que emplea el resto del año en discutir sobre si los arreglos florales de la Esperanza Macarena eran mejores o peores que los de la Esperanza de Triana.